El siguiente texto es un ladrillazo en el que indago sobre la existencia del término “canción experimental”. Siga bajo su riesgo. Esperamos que tras esta lectura salga a comer liberal.
Por estos días me han preguntado varias veces cuál es el género musical al que pertenece el disco de Andrés Gualdrón y los Animales Blancos. No demasiadas veces, a decir verdad. Si afirmara que a demasiada gente le importa el asunto estaría mintiéndole al lector y lanzándole tierra en los ojos al niño dios.
Echándole cabeza a la cosa, recogí un término que salió a flote un par de veces: el de “canción experimental”. Hoy, aspirando el piso de mi casa y con tiempo libre para pensar de más, me puse a analizar si había pensado suficiente en ese nombre y si entendía realmente lo que implicaba. Con este texto me llevaré la cuerda con la pregunta. “Llevarse la cuerda” es un ejercicio que no siempre se lleva a cabo y que, aunque a nadie le importe demasiado, es sano de hacer. Más o menos como echarse talco en los pies.
Frito lay

He recibido el comentario de algunos señalando que la música del álbum es “rara”. Algunos, incluso, emplean un término más relacionado con el consumo de drogas: la llaman “música frita”. Aunque la opinión de quien está detrás de la obra sea lo de menos, diría que la música del álbum se hizo con un afán distinto al del capricho de sonar “diferente” y “extraño” porque sí. Quizás reflexionar sobre el termino “canción experimental” ayude a aclarar las cosas.
Lo de experimental en “Canción Experimental”
No creo que lo experimental, como término, parta de un culto fetichista hacia lo extraño. Mucho menos de un interés particular por “ser diferente”. Como me decía mi amigo Juanpa, jugar a uniformarnos en la diferencia es exactamente aquello a lo que se ha dedicado el mercado del arte desde hace años, amparado por generaciones de jóvenes fieles a los que se les ofrece el consumo cultural como opción de realizar brevemente sus sueños cómodos de revolución. Rememorar a René Perez de Calle 13 llorando porque se ganó un grammy nos recuerda cuán rentable pero también cuán artificial y contraproducente puede ser posar de “transgresor”.
No viene, tampoco, de la búsqueda por llegar a universos sonoros nunca antes transitados: la pretensión misma de lograr algo así es exagerada y ridícula, teniendo en cuenta la cantidad infinita de música a la que podremos llegar indagando no únicamente en las tradiciones musicales occidentales sino en la de todas las culturas del mundo.
Así pues, pienso yo que lo experimental en este contexto puede entenderse como una reinterpretación de la figura del autor, y en especial de la figura del autor “moderno” a la que nos ha sometido occidente: el compositor no es necesariamente aquel iluminado en pleno control de lo que hace. El compositor puede ser también aquél que acoge el azar y su potencia creadora en el trabajo que lleva a cabo. Quien pone en juego variables cuyo resultado le es ajeno. Quien no deja de comprender a la obra como una especie de maquinita siempre dinámica que desarrollará significados posteriores, imposibles de controlar. Quien mezcla, de manera heterogénea, formas no ortodoxas de pensar y enfocar la actividad creadora.
Se dirá que una parte de lo mencionado arriba puede ser dicho de cualquier música, en tanto el sonido nos presenta siempre diferentes caras y la escucha como acto mismo es variable e indeterminada. Sin embargo, la idea de lo experimental busca enfatizar, de forma casi radical, esta naturaleza “mutante” del sonido. Busca crear su camino a partir de reconocer a cada obra como un evento siempre cambiante y a la creación como un espacio para producir estos juegos de indeterminación, en donde las fórmulas preestablecidas pierden mucho de su valor y las colisiones que generan los experimentos producirán necesariamente resultados inesperados. La idea de lo experimental le rinde culto a las posibilidades mismas del sonido, casi sin intermediarios. Y al riesgo que implica penetrar en su dominio, salvaje e imposible de domar.
Lo de canción en “Canción experimental”.
Arriba veíamos como lo experimental puede ser entendiendo desde una crítica a la figura del autor. Sin embargo, el mundo de “la canción” es uno en el que se reivindica la visión un tanto romántica del creador como aquél que desde su “abismo interior” lanza una serie de verdades certeras sobre la música y el mundo. En la que se reivindica su figura como la del “artesano de canciones”, portador de una tradición inamovible y milenaria.
Así pues, ¿podríamos, un poco, transformar esas ideas previas a través de unir el enfoque experimental de la composición con el hecho mismo de hacer canciones? ¿Puede esta lógica de lo indeterminado atravesar los texos, los acordes, las formas, aquello que expresamos a través de la música? ¿Podríamos hacer canciones comprendiendo que hay otras formas de encarar la actividad creadora? ¿Que no se trata, de hecho, de una tradición?
No hay novedad en el frente, pues “cancionistas” experimentales, sumergidos en esta búsqueda, hay millones: desde Captain Beefheart hasta Juana Molina, pasando por Björk, Los Speakers, David Bowie, los anti-folkeros como Regina Spektor, los surrealistas como Jeff Mangum y en fin. La etiqueta en verdad no existe. Solo rastreo el nexo común que nace entre quienes unen la canción pop con otras aproximaciones al acto de componer. En Colombia también los hay: Meridian Brothers, Velandia y la Tigra, Suricato, Bitíun y seguro en toda latinoamérica miles más que quisiera empezar a rastrear.
No se trata de una camisa de fuerza. Quizás se trata de un nombre que nos ayuda a entender el camino que siguen ciertas músicas y el interés común que existe en ciertos compositores de distintas latitudes.
Alguna vez le propuse a mi amigo Juanpa (el atarván al que ya nombré) hacer un blog de “Canciones experimentales”. Podría ser una buena idea. Por ahora les dejo una foto del man.

Listo! A por Liberal!
Cordialmente.
Norman